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lunes, 26 de octubre de 2026

"Comentario" sobre la doctrina de la relación entre “el Padre y el Hijo - 1 Corintios 2:4–5”

“El Padre y el Hijo - 1 Corintios 2:4–5”




Los creyentes verdaderos somos “uno” con el Padre y con el Hijo; los apóstoles reconocieron la doctrina de “el Padre y el Hijo”.

Antes de empezar les quiero preguntar: ¿En qué posición coloca Pablo al Mesías con relación al Padre Celestial y a los hombres? 

1 Timoteo 2:5 Porque hay un solo Dios y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesús el Mesías hombre,

Aquí Pablo repite de nuevo que “hay un solo Dios,” y que al lado de ese Dios hay un mediador, que es el Mesías. Nótese que aquí Pablo hace una distinción clara entre la Persona que es “Dios” y la persona que es el Mediador entre ese Dios y los hombres. Así que aquí se habla de tres seres: 
1) Dios, 
2) el Mediador [Jesús], y 
3) el hombre. 

De estos tres, el “único Dios verdadero” y soberano es obviamente el Padre Celestial; el único Mediador escogido para la redención es Jesús; y el hombre que refiere a la raza humana. Además, este pasaje nos muestra que aun después de glorificado en el cielo, Pablo lo llama así.

—El Ungido Jesús, el unigénito y primogénito del Padre Celestial—

YaHWeH Dios, el Todopoderoso y Padre Celestial, estuvo conectado con su Hijo "el Mesías Jesús" ― por medio del Espíritu de Santidad o Poder del Altísimo (Romanos 1:3-4). Esto lo enseña Hechos 10:38: “cómo Dios ungió con el Espíritu Santo a Jesús de Nazaret, y cómo éste anduvo haciendo bienes y sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él”. 
No significa que el Padre abandonara su trono para ser literalmente el Hijo; más bien, como una casa que acoge a un huésped, YaHWeH Dios moraba en el Mesías Jesús mediante su Espíritu, es decir su influencia y poder divino.

Jesús mismo dijo: “¿No crees que yo soy en el Padre, y el Padre en mí? Las palabras que yo os hablo, no las hablo por mi propia cuenta, sino que el Padre que mora en mí, él hace las obras” (Juan 14:10). 
Es una declaración hermosa: el Padre Celestial ayudaba a su Hijo en su ministerio terrenal; ambos obraban juntos para salvar a la humanidad. El Ungido nos mostró con su ejemplo lo que Él desea hacer con nosotros:

El Padre Celestial dio su Espíritu sin medida al Mesías Jesús (Juan 3:34, Hechos 10:38), así como el Ungido Jesús nos da su Espíritu a nosotros pues Romanos 8:9: Indica que quien no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él, y el Padre Celestial, que moraba en el Mesías Jesús, obraba por medio de él (Juan 14:10 Juan 5:17-19, Hechos 2:22, 2 Corintios 5:19) y así Jesús, que mora en nosotros, obra por medio de nosotros (Juan 14:23, romanos 8:10, 2 Corintios 13:5, 2 Corintios 4:6-7, Gálatas 1:15-16).

Esta enseñanza recorre toda la Escritura Sagrada. Pablo escribe: “Con el Mesías estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive el Mesías en mí” (Gálatas 2:20), y: “porque todos los que habéis sido bautizados en el Mesías, en el Mesías estáis revestidos” (Gálatas 3:27). Así como el creyente pertenece a Jesús, el Ungido Jesús pertenece al Padre: “Y vosotros del Mesías, y el Mesías de Dios” (1 Corintios 3:23).

Jesús mora en nosotros por su Espíritu y actúa a través de nosotros; ello no implica que nosotros nos volvamos el mismo Jesús ni que el Ungido “se transforme” en nosotros. De igual modo, el Padre Celestial moraba en el Mesías por el Espíritu, sin que el Padre se transforme en el Hijo. Jesús enseñó: “El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él” (Juan 14:23). El Padre y el Hijo habitan en quienes guardan la palabra; ello no convierte al creyente en el Padre ni en el Hijo.

Cuando Jesús afirmó que el Padre moraba en él, o que quien le veía a él veía al Padre, o que Dios estaba en el Mesías Jesús reconciliando al mundo (2 Corintios 5:17–19), no equiparó las personas; señaló la íntima unión del Padre con el Hijo mediante el Espíritu de Santidad —el poder del Altísimo (Efesios 1:19–20). Por eso dijo: “Yo y el Padre uno somos” (Juan 10:30). La palabra “uno” apunta a unidad de propósito y pensamiento, no a fusión ontológica; es la misma idea de Juan 17, cuando pidió que sus discípulos sean uno como Él y el Padre son uno. Jesús no solicitó que los creyentes fueran un solo Dios con el Padre y el Hijo; pidió unidad de voluntad y mente y propósito de acuerdo a lo instruido, para que el mundo creyera que el Padre lo envió.

Si nos sometemos a la voluntad del Padre Celestial como el Mesías se sometió, llegamos a ser “uno” con el Todopoderoso; esto no convierte al creyente en coeterno o coigual con Dios, ni hace a Jesús Dios mismo o el mismo Padre vestido de hijo. Lo que probaba la unidad entre Padre e Hijo eran las obras y el testimonio que el Padre Celestial realizaba por medio del Hijo obediente. Con los creyentes ocurre igual: cuanto más obedecemos, más nos alineamos con su voluntad y más nos hacemos “uno” con Él a través del Espíritu: “pero el que se une al Señor, un espíritu es con él” (1 Corintios 6:17). Ser un espíritu con Él significa compartir sentir, voluntad y mente; en carácter nos asemejamos a Él, y quien nos vea, ve al Mesías Jesús. Además, por medio del mismo Espíritu tenemos entrada al Padre: “porque por medio de él los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre” (Efesios 2:18).

A los trinitarios cabe preguntar: cuando el Ungido Jesús dijo “yo y el Padre uno somos” (Juan 10:30), ¿Dónde está la tercera persona de la trinidad? Si Jesús hubiese propuesto una divinidad trina, habría dicho “yo, el Padre y el Espíritu Santo somos tres en uno”. No enseñó que una tercera persona estuviera fundida con Él y con el Padre formando un solo dios trino; al hablar de ser “uno” se refería a sometimiento y unidad de propósito.

El Nuevo Testamento muestra que una base de las buenas nuevas o evangelio apostólico fue la confesión del Mesías como el Hijo de Dios. Aunque el evangelio contiene enseñanzas sobre la muerte y resurrección, el arrepentimiento, el bautismo y la vida eterna, la enseñanza central que conduce a la salvación, según los apóstoles, es la doctrina de “el Padre y el Hijo”: dos personas literales y divinas —el Dios supremo, Padre Celestial, y Jesús, su Hijo.

Jesús afirmó que conocer al Padre y al Hijo es vida eterna: “No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí” (Juan 14:1), y: “y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesús, el Cristo, a quien tú enviaste” (Juan 17:3). Los apóstoles resumen y sostienen este dicho del Ungido.

Juan advierte con severidad: “Cualquiera que se extravía, y no persevera en la doctrina del Mesías, no tiene a Dios; el que persevera en la doctrina del Mesías, ése sí tiene al Padre y al Hijo” (2 Juan 9). No debemos recibir a quienes enseñen doctrina contraria (2 Juan 10–11). Para Juan, la comunión verdadera es con el Padre y con su Hijo el Mesías Jesús (1 Juan 1:3). Identifica como anti-cristo a quien niega que Jesús sea el Mesías y a quien niega al Padre y al Hijo (1 Juan 2:22–23). El peligro, por lo cual, no es la negación de un misterio trinitario abstracto biblicamente hablando, sino la negación de las dos personas reales, Padre y Hijo.

Juan también declaró: “Y nosotros hemos visto y testificamos que el Padre ha enviado al Hijo, el Salvador del mundo. Todo aquel que confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él, y él en Dios” (1 Juan 4:14–15). La vida eterna viene por creer en el Hijo: “El que cree en el Hijo tiene vida eterna” (Juan 3:36), y: “Dios nos ha dado vida eterna, y esta vida está en su Hijo. El que tiene al Hijo tiene la vida” (1 Juan 5:11–12). Negar a Jesús como Hijo de Dios, podríamos decir, trunca la vida eterna. La postura unitaria que identifica al Hijo como simple manifestación del Padre bloquea, según este argumento, la recepción de la bendición que el Padre otorga por medio de su Hijo.

Pablo tampoco predicó el misterio de una trinidad; su enseñanza distingue entre Dios, el Padre Celestial, y el Hijo Señor nuestro, el Ungido Jesús: “Para nosotros, sin embargo, hay un Dios, el Padre... y un Señor, Jesús, el Cristo” (1 Corintios 8:6). Pablo recibió la instrucción de bautizar invocando el nombre del Ungido Jesús (Hechos 22:14–16), y en sus cartas bendice al “Dios y Padre de nuestro Señor Jesús” (2 Corintios 1:3). La práctica apostólica del bautismo se registra “en el nombre de Jesús” (Hechos 2:38); Pablo no emplea la fórmula trinitaria en sus salutaciones como norma apostólica.

Pedro, que caminó con Jesús, no presentó al Mesías como parte de una divinidad tripersonal. Al preguntar Jesús “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”, Pedro respondió por revelación: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (Mateo 16:16), y Jesús dijo que esa verdad se la había revelado el Padre (Mateo 16:17). Que el Padre esté en el cielo y el Mesías Jesús en la tierra demuestra la distinción personal entre ambos; si fueran la misma persona o una trinidad ontológica, esa distinción personal sería inviable. En Pentecostés, Pedro predicó arrepentimiento y bautismo “en el nombre de Jesús” para perdón de pecados (Hechos 2:37–38); no proclamó una doctrina trinitaria como condición de salvación.

Judas repite la misma línea: denuncia a quienes niegan al Padre y al Hijo (Judas 1:4) y alaba “al Dios único, nuestro Salvador, por medio de Jesús el Cristo, nuestro Señor” (Judas 1:25). No presenta un dios trino; distingue al Padre como soberano y al Mesías Jesús como Señor.

Esteban, lleno del poder del Altísimo, vio la gloria de Dios y a Jesús el Cristo a la diestra del Padre antes de morir (Hechos 7:54–55). Su visión no mostró una deidad tripersonal ni a un Hijo que a la vez era el Padre; vio al Padre y al Hijo como dos personas. La Escritura afirma que Jesús está a la diestra del Padre (Efesios 1:20; Hebreos 8:1; 10:12; 1 Pedro 3:22), lo que refuerza la distinción personal entre ambos. Si la trinidad existiera como algunos la formulan, la revelación apostólica habría sido clara y unánime; pero, los relatos muestran a dos personas: el Padre en su trono y el Hijo a su diestra o derecha.

En síntesis, el testimonio del Nuevo Testamento, leído desde esta perspectiva, enfatiza dos personas divinas literales —el Padre celestial y su Hijo unigénito— unidas en propósito y acción por el Espíritu Santo, pero no fundidas ontológicamente en una tercera persona trina. La iglesia del primer siglo declaró y vivió la doctrina del Padre y del Hijo: conocerlos es recibir la vida eterna y esto nos hace preguntarnos:
¿En que se basa la vida eterna, según enseñó el Mesías? Juan 17:3

Juan 17:1 Terminadas estas palabras, Jesús levantó la vista al cielo y dijo: “Padre, ha llegado la hora. Glorifica a tu Hijo para que el Hijo te glorifique a ti, 17:2 pues le has dado autoridad sobre toda persona, para que les dé vida eterna a todos los que le has dado. 17:3 Y de esto depende la vida eterna: que te conozcan a ti como el único Dios verdadero, y a Jesús como el Mesías que tú has enviado.

Nótese que en esta oración que el Maestro Jesús dirigió a su Padre en los cielos, él mismo nos dijo que el Padre es “el único Dios verdadero.” Y si él nos enseñó esto, decir lo contrario es apartarse de sus enseñanzas.




Gracia y Paz hermanos y amigos Santos...


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